lunes, marzo 20, 2006

Vecina (en el Once)

Ayer me visitó la señora Alegre. La señora Alegre mide cincuenta centímetros. Es pequeñita, muy pequeñita. Con anteojos de abuela, pulseras de colores en las muñecas y anillos en sus dedos de viejita de 60 años, me tocó la puerta de entrada.
-Abrime nena, no te voy a robar, hace treinta años que vivo acá.
-Es que no puedo señora, no la conozco.
-Yo soy la señora Alegre, abrime así nos conocemos.
La señora Alegre quería hablar. Abrí la puerta y salí al hall. Territorio neutral, pensé. La señora Alegre se sentó en la escalera. Yo me senté en el piso y las baldosas retumbaron con el peso de una Gulliver gigante. La señora Alegre, entonces, comenzó a hablar, a encadenar recuerdos. Que una vez viajó a Corrientes a visitar a su hermana y que el colectivo estaba lleno de hombres, todos unos bombones, y que el chofer le dio la mano, así ves, así me dio la mano, pero que estaba casado con una rubia, y qué lindos los cortinados del colectivo, y que su hermana es una tarada y que su cuñado tiene problemas y por eso le dieron pichicatas, porque no se le para, nena, no se le para, y si a un hombre no se le para, no sirve para nada, y además es diabético, que ella vive con un hermano, y que los vecinos son una porquería, ay nena, no sabés cómo me duele la espalda, bueno, me voy querida, ayudame a subir al ascensor.
Y así viajamos juntas, la señora Alegre y yo, en ese ascensor hecho para gente altísima. Hoy tocó la puerta otra vez. No me animé a abrir.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

qué triste la señora alegre!

superloyds dijo...

cuidado: la señora alegre guarda cabezas en su congelador...