martes, octubre 18, 2005

Desperate housewife

En Once hay problemas: la vecina me roba los broches. A ver, no es un tema menor. Ya la habíamos descubierto con mi roomate hace un tiempo. No la enfrentamos, pero le hicimos una marca a cada broche. Más precisamente, le dibujamos un signo de pregunta, como diciendo: "Alto, ¿qué está haciendo? Ese broche no le pertenece". Pero no funcionó.
Subo a la terraza y ahí están mis sábanas blancas, mi musculosa preferida, las medias que nunca voy a devolver. Allí está todo, tirado en el piso. ¿Por qué? Porque mis broches, adornados con signos de pregunta, sujetan de lo más despreocupados una remera de Piñón Fijo, un calzón extra large, una toalla estampada con un Mickey maldito. Tengo ganas de llorar. Pero es un buen momento para evocar a mi psicho killer: "Sacá la bronca, sacala afuera". Y la saco. Primero pienso en ir hasta el primer piso y gritarle: "Ladrona". Pero cuando llego al primer piso y escucho cómo ríen sus hijos, me acuerdo de que es el día de la madre. Y bueno, soy una sentimental. Pero la bronca debe salir. Entonces vuelvo a la terraza y, por cuestión terapéutica, arranco de la soga la ropa de la vecina, la tiro al piso, la pisoteo y largo un ja ja ja con cara de poseída. Pienso: creo que es la primera vez en mucho tiempo que soy mala. Mala a conciencia. Bajo a mi departamento. Y como sigo algo poseída, me meto en la bañadera. Me merezco un baño de inmersión (como no tengo baño de espuma, hago burbujas con el shampoo, mientras suena el compilado terrible -de canciones para llorar- a todo volumen). Salgo de la bañadera, entusiasmada con esta suerte de spa casero. Tocan el timbre. No es buen momento: acabo de embadurnarme la cara con la máscara de limpieza. O sea, tengo la cara verde. Vuelven a tocar timbre.
-¿Quién es?
-Kevin, tu vecino.
Uy, Kevin, mi vecino. Ése vecino que dos chicas solas agradecen tener: nos conectó el cable, nos arregló la video, me ayudó a mudar el ropero, siempre tiene una tacita de lo que necesite, me baja la basura y suele pasearse en cueros, fresco, como si la vida en Once fuera maravillosa. Ok, se llama Kevin, yo no elegí el nombre. Y tampoco a su novia, que es encantadora.
-Ah, Kevin, perdón que no te abra.
-Todo bien, sólo quería saber si esta bombacha era tuya, la encontré tirada en la terraza junto con la ropa de mi sobrino.
Abro. Me olvido de la cara verde. Él se ríe. Le debe divertir tanta femeneida expuesta. Y ahí lo veo, con la bombacha en la mano y la remera de piñón y la toalla de mickey en la otra.
-No, no es mía. Gracias Kevin.
Digo y cierro la puerta. Pienso: verde y rojo. Verde más rojo. ¿De qué color tendré la cara ahora?

1 comentario:

Anónimo dijo...

Es sabido que las bombachas deben colgarse en la mampara, el caño, el grifo, el toallero, el picaporte, la ducha, el palo del secador, posarse en la mochila del inodoro, el cesto de la ropa sucia, el extremo del lavatorio... Jamás invadir el espacio público de la soga, ya que además de perder su gracia no cumplen con el requisito indispensable de embolsarse y sonar como una manteada cada vez que sopla el viento.