martes, agosto 23, 2005

Lugar común, la muerte

Hoy casi muero. No de amor ni de tristeza, como suelen ser mis petit morts. Casi muero de muerte verdadera. Si alguien vio la película japonesa "El club del suicidio" y recuerda la primera escena en la que unas treinta colegialas se toman de la mano en el andén del subte y saltan a las vías, sabrán de qué hablo (sí, la imagen es algo tremenda; sangre y todo eso). Simplemente estaba en la estación Callao -Subte B-, asomé mi cabecita, algo temeraria, para ver si veía el resplandor de los faroles y cuando quise enderezar el cuerpo, no pude: un hombre, enredado en su diario La Nación, me llevó puesta. Me empujó el vacío, literalmente. Y ahí, al final del túnel, vi los farolitos (oh, vi la luz al final del túnel). Rápido de reflejos el hombre; con mi instinto de supervivencia a flor de piel yo, empezamos a los manotazos. O nos caemos juntos o nos salvamos juntos, maldito, pensé (ok, el maldito me sale ahora, para darle un tono de doblaje: es que prefiero imaginarme en un metro de NY aferrada al brazo de Bruce Willis). Nos salvamos. Mejor dicho, nos salvó otro hombre, fortachón. Pero las piernas me temblaron. Y me siguieron temblando camino al trabajo, mientras me preguntaba la pregunta más boluda que uno se puede preguntar en estos casos, pero inevitable: ¿quién me hubiera llorado? Uff, ni al borde de la muerte uno escapa del lugar común. Todavía me tiemblan las piernas, un poco.

PD: No, amigos, no me caí al pozo. Estuve a punto.

6 comentarios:

BB dijo...

¡Claro que hubieramos llorado!
(Con el espejo de mano en la cartera) además si era tu decisión morir de esa forma hubieras avisado... asi nos sumabamos y haciamos una versión local de "el club del suicidio" con veinteañeras ojerosas en vez de colegialas orientales...

moria casan dijo...

Cientos lloran la muerte de una de las grandes plumas de la poesía vernácula, decía la bajada del título. El título no lo recuerdo.
La foto del entierro era estremecedora: las veinteañeras ojerosas, todas de negro y con culottes en forma de bandera llevaban en andas el cajón plateado.
A lo lejos venía un séquito de varones apesumbrados, caminaban despacio, como si no les molestara la lluvia que los empapaba sin tregua. Ninguno hablaba; nadie comentaba nada.
Fotos de nadia comaneci, ramos de margaritas, amantes, antiguos amores, vasos de whisky. De todo se vio esa triste tarde en el cementerio de la recoleta.

Anónimo dijo...

yo sé de un lugar donde pueden arrojarse infinidad de veinteañeras orientales en sus uniformes, pero prefiero no profundizar en el tema. la pregunta obligada es ¿cuánto hay de cierto en la anécdota?

pd: arriba el culote, abajo los estampados florales / frutales

Anónimo dijo...

La verdad, no sé què diario compró mi atacante. Pero la Nación quedaba bien. Licencia poética.

bb dijo...

Moria
eres nuestra Musa...

Moria dijo...

Si querés musár
musá.