miércoles, agosto 31, 2005

En trance, en trilce

Suele sucederme, eso de abrir los ojos y sentir que la habitación es plástica, que las paredes se contorsionan y que el ropero, con la puerta siempre abierta, en cualquier momento va a dispararme una percha, una musculosa o ese vestidito blanco que nunca usé de tan transparente. Extraña en mi habitación, como en Laberinto pero sin David Bowie. Y entonces todo se acomoda, y veo ese calzoncillo gris que ya no le voy a devolver a punto de caerse del cajón, y el libro que me va a pedir que le devuelva a punto de caerse de la mesa de luz, y la bola de boliche que me regalaron a punto de caerse del escritorio. Está todo ahí. Y tiene forma.
"Al revés de lo que le ocurrió a Wilde, la mañana en que iba a morir en París, a mí me ocurre en la ciudad amanecer siempre rodeado de todo, del peine, de la pastilla de jabón, de todo. Amanezco en el mundo y con el mundo, en mí mismo y conmigo mismo. Llamo e inevitablemente me contestan y se oye mi llamada. Salgo a la calle y hay calle. Me echo a pensar y siempre hay pensamiento. Esto es desesperante" (César Vallejo, que escribió más o menos lo que quería decir yo. Pero él estaba en París, tenía ventaja).

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